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El viaje de mi vida

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Un día como ayer, de diciembre de nostalgías y filosofías, venía conduciendo durante la noche de regreso a casa y entre líneas del pavimento mi mente tomó un billete de solo ida por el país de las analogías, era un excelente momento para perderse entre la oscuridad y encontrarse en la parte más sentimental de mi cerebro. Sí, ya se que suena cursi, pero la imaginación puede tener baja testosterona a ratos y cuando se antoja no queda más que dejarlo estar, si otros se relajan y disfrutan viendo el atardecer, ¿por qué no puedo yo enajenarme de la realidad por un rato?

Luego de un par de minutos a oscuras con la tenue luz de los focos de mi coche me fui percatando poco a poco que manejar es como la vida, unas líneas dibujadas en la carretera me indicaban el camino mientras las barandas situaban los límites.

Cuando iba a una velocidad moderada avanzaba poco pero me sentía más seguro, en cambio cuando aceleraba la adrenalina hacía de las suyas pero la inseguridad asomaba; al igual que las advertencias temerosas algunos pasajeros. Con las luces me sucedió algo muy parecido, con la luz corta prendida pagaba el peaje de no tener tanta visibilidad pero no molestaba al resto, en cambio la larga me ayudaba a mi pero no tanto a los que venían en sentido contrario, haciendo un claro guiño a como a veces hay que elegir entre el egoísmo y la bondad.

Ni hablar del tráfico, donde habían autos que eran díficiles de rebasar y deshacerme de ellos, otros que me adelantaban a toda máquina y unos cuantos que me acompañaron durante una parte del trayecto hasta que se separaron a lo Rápido y Furioso 7. Por último están los que compartieron casi toda la ruta conmigo, a ratos más cerca, a veces más lejos, incluso tomando rutas diferentes pero con un mismo destino y siempre lo suficientemente disponible como para cambiar una rueda en caso de algún percance. 

Mientras agotaba kilómetros me di cuenta de algo muy importante, y es que nuestros garajes de toda la vida están a miles de kilómetros de distancia, con nuestros mecánicos favoritos, los de confianza, los que siempre nos dieron mantenimiento y nos ayudaron a pasar la ITV año tras año, por ello decidí que lo importante no no va a ser más llegar al destino, si no disfrutar del viaje.

Me gustaría aprovechar esta fecha tan trascendente para agradecer a los Mazdas, a los KIAs, a los BMWs, a los Toyotas y hasta los que todavía no pagan chapa por ayudar a este humilde Fordcito a hacer del increíble viaje que es la vida una experiencia más agradable.

Y por si algún despistado no se ha dado cuenta, aunque ya la anología es muy obvia, quiero nuevamente agradecer a todos por estar acá por darle un nuevo significado a la palabra familia, por hacer que mi instinto paternal suba y baje como un cachumbambé, por hacerme reír, por dejarme morsear, por desbloquear el mapa del mundo juntos y por regalarme lo más preciado que tenemos todos, el tiempo.

Ya que estamos me gustaría brindar porque más de estos trayectos sean los unos con los otros, y porque manejar  por la vida no sea difícil, si no bonito.

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